
Durante una semana de junio de 1916, los cañones británicos bombardearon las posiciones alemanas junto al río Somme, en el norte de Francia. La Primera Guerra Mundial llevaba casi dos años y los ejércitos seguían separados por trincheras y alambradas. Británicos y franceses preparaban un ataque conjunto para abrir una brecha. Antes de enviar a los hombres, la artillería debía despejarles el camino.
Había prisa por atacar. Los alemanes presionaban a los franceses en Verdún, y Francia había enviado allí tropas destinadas al Somme. Los británicos tendrían que asumir una parte mayor del ataque, que también buscaba obligar a Alemania a repartir sus fuerzas. Durante el bombardeo, alrededor de un millón y medio de proyectiles cayeron sobre las defensas alemanas. Debían cortar el alambre, destruir las posiciones y silenciar los cañones enemigos.
A las siete y media de la mañana del 1 de julio comenzó el gran ataque británico. Los soldados avanzaron por la tierra de nadie, el espacio entre ambos ejércitos. En muchos sectores, las alambradas seguían en pie. Numerosos proyectiles habían fallado; otros dispersaban metralla, eficaz contra hombres al descubierto, pero incapaz de destruir los refugios profundos donde se habían protegido los alemanes.
Cuando el fuego británico se desplazó hacia adelante, los defensores salieron de sus refugios y ocuparon las ametralladoras. Sus cañones también seguían disparando. Los atacantes tenían que cruzar terreno abierto frente a armas que el bombardeo debía haber inutilizado. Algunos buscaron protección en los cráteres. El teniente Alfred Bundy quedó detenido con su pelotón por el fuego y se refugió en uno de esos pozos, sin poder seguir avanzando.
Al terminar la jornada, el ejército británico acumulaba más de 57.000 bajas, entre ellas unos 19.000 muertos. La brecha esperada no se había abierto. Sin embargo, al sur, los franceses y las unidades británicas vecinas habían conquistado parte de la primera línea alemana. El mando británico decidió aprovechar esos avances. Verdún seguía bajo presión y la ofensiva continuó.
Ahora había que conquistar una posición tras otra. A mediados de julio, un ataque al amanecer consiguió tomar parte de la segunda línea alemana. Ganar una trinchera, sin embargo, no dejaba libre el camino: detrás había nuevas defensas y llegaban reservas para cerrar los huecos. La batalla se prolongó entre ataques y contraataques por pueblos, bosques y alturas.
En septiembre entró en combate una nueva arma: el tanque. Podía aplastar alambradas y ayudar a los soldados a superar posiciones enemigas. Pero había pocos, eran lentos y sufrían averías; tampoco consiguieron abrir una brecha. Después llegaron las lluvias. El terreno perforado por los proyectiles se convirtió en barro, y los soldados tuvieron que combatir y resguardarse en trincheras anegadas.
La ofensiva terminó el 18 de noviembre, después de más de cuatro meses de ataques. Los aliados habían avanzado apenas varios kilómetros. El Somme había ayudado a aliviar Verdún y desgastado gravemente al ejército alemán, pero no había decidido la guerra. Entre ambos bandos, las bajas superaban el millón, contando muertos, heridos y desaparecidos. Los ejércitos seguían enfrentados detrás de sus defensas; el camino abierto que debían encontrar aquellos primeros soldados nunca apareció.