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La pandemia de influenza de 1918

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Recreación ilustrada de La pandemia de influenza de 1918

En marzo de 1918, más de cien hombres enfermaron de gripe en un campamento militar de Kansas, Estados Unidos. Allí se preparaban soldados para combatir en Europa durante la Primera Guerra Mundial. En una semana, los casos se habían multiplicado por cinco. Miles de reclutas convivían en los campamentos y luego cruzaban el Atlántico en barco: la movilización de tropas también abría caminos al contagio.

La enfermedad se extendió durante los meses siguientes. La llamaron «gripe española» porque España, neutral en la guerra, podía informar del brote sin las restricciones que pesaban sobre la prensa de los países combatientes. El nombre no demostraba que hubiera comenzado allí: todavía hoy se discute su origen.

En septiembre llegó una oleada más grave. En un campamento cercano a Boston enfermó aproximadamente una cuarta parte de los soldados antes de terminar el mes. Los médicos pidieron frenar los traslados para evitar que llevaran la infección a otros destinos. Pero la guerra seguía reclamando tropas y las primeras restricciones apenas redujeron los movimientos.

En Filadelfia, los hospitales ya recibían marineros enfermos cuando se acercaba un gran desfile para vender bonos que financiaban la guerra. Los médicos advertían del peligro y recomendaban evitar multitudes. Las autoridades mantuvieron la convocatoria: el 28 de septiembre, unas doscientas mil personas se congregaron en las calles.

La infección ya circulaba; el desfile favoreció su propagación. Pocos días después, las camas de los hospitales estaban ocupadas y seguían llegando pacientes. Conseguir más espacio no bastaba, porque también enfermaban quienes debían atenderlos. Y la gripe mataba a una cantidad inusual de adultos jóvenes, incluso personas que hasta entonces habían estado sanas.

El 3 de octubre se ordenó cerrar escuelas, iglesias y lugares de entretenimiento. Clubes y otros edificios se convirtieron en hospitales de emergencia. Para ayudar a atender a los enfermos acudieron estudiantes de medicina, mientras vecinos cuidaban a quienes podían permanecer en sus casas.

Los cuidados tenían límites difíciles de superar. No había una vacuna contra la influenza ni antibióticos para combatir las infecciones bacterianas que podían complicarla. Reducir los contactos y atender a los pacientes era esencial, pero no detenía de inmediato las muertes. Una empresa de tranvías de Filadelfia donó doscientas cajas de embalaje para usarlas como ataúdes.

En la India bajo dominio británico, la oleada de los últimos meses de 1918 avanzó desde el oeste hacia el norte y el este. Los ferrocarriles, que conectaban las ciudades con una población mayoritariamente rural, ayudaron a transportar la infección a grandes distancias. Vivir lejos de un puerto no bastaba para quedar a salvo. Las estimaciones varían, pero allí murieron millones de personas, una parte enorme de las víctimas mundiales.

El armisticio de noviembre detuvo los combates, no la pandemia. Hubo nuevos brotes durante 1919, mientras las ciudades reabrían y desmontaban sus hospitales improvisados. El balance mundial sigue siendo incierto; una estimación muy difundida ronda los cincuenta millones de muertos.

En Pensilvania, la reapertura de las escuelas trajo una nueva tarea. Las autoridades encargaron a los distritos escolares identificar a los niños que habían quedado huérfanos y organizar su atención. Las aulas volvían a recibir alumnos, pero ahora las escuelas debían ayudar a sostener a chicos cuyas familias la gripe había deshecho.

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