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El grito de Dolores

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Recreación ilustrada de El grito de Dolores

En las primeras horas del 16 de septiembre de 1810, una advertencia llegó a Dolores, en el actual México: la conspiración había sido descubierta y ya había detenidos en Querétaro. El cura Miguel Hidalgo y el capitán Ignacio Allende preparaban un levantamiento contra las autoridades del virreinato de Nueva España. Ahora también ellos corrían el riesgo de ser apresados.

El dominio español atravesaba una crisis. La invasión napoleónica de España había dejado cautivo al rey Fernando VII desde 1808, y en América se discutía quién tenía derecho a gobernar en su ausencia. En Nueva España, los intentos de formar un gobierno propio habían encontrado represión. La conspiración continuó en reuniones clandestinas: se buscaba desplazar a las autoridades, aunque todavía podía hacerse en nombre del rey cautivo.

La noticia de las detenciones obligó a adelantar el levantamiento. Esa misma noche, Hidalgo y sus compañeros reunieron a los vecinos dispuestos a seguirlos y se apoderaron de las espadas del cuartel. Liberaron a los presos de la cárcel y encerraron allí a españoles nacidos en Europa. También detuvieron al funcionario que gobernaba el pueblo, nacido en América: la rebelión se dirigía además contra la autoridad que representaba.

Dolores estaba en sus manos, pero necesitaban más gente para llevar el levantamiento más lejos. Era domingo de misa y mercado, y llegaban habitantes de los alrededores. Durante la mañana, Hidalgo se dirigió a los reunidos para animarlos a sumarse. La convocatoria alcanzó a campesinos, artesanos e indígenas que no habían participado en las reuniones secretas.

No conocemos las palabras exactas de aquel llamado, que después se conocería como el grito de Dolores. Los testimonios recogen una invitación a terminar con la opresión y el tributo, el impuesto que pesaba sobre la población indígena. También se llamaba a impedir que el reino fuera entregado a los franceses: un peligro que los dirigentes alegaban, no algo que hubiera ocurrido. La disputa por el gobierno se mezclaba así con agravios que afectaban la vida cotidiana.

Los voluntarios se sumaban, pero reunirlos no bastaba para formar un ejército. Escaseaban las armas de fuego y muchos marcharían con machetes, hondas o garrotes. Los milicianos intentaron organizar a los voluntarios. Para pagar a quienes los acompañaran, los dirigentes tomaron fondos de impuestos y dinero confiscado a los españoles.

Ese mismo día salieron hacia San Miguel el Grande con los españoles detenidos. En el camino, en Atotonilco, tomaron una imagen de la Virgen de Guadalupe y la colocaron en una garrocha como estandarte. La columna avanzaba detrás del símbolo religioso que pronto identificaría al movimiento.

Llegaron a San Miguel de noche y encontraron a la población alborotada. Los europeos refugiados en las casas del gobierno se rindieron. Pero la rebelión empezaba a desbordar a sus organizadores: Allende intentó frenar las agresiones y no pudo impedir el saqueo de varias tiendas.

La independencia mexicana llegaría en 1821, después de once años de guerra. Aquel domingo, una conspiración amenazada por las detenciones había salido de las reuniones secretas. Ahora era una movilización popular que ocupaba pueblos, desplazaba autoridades y seguía creciendo por los caminos.

Para seguir investigando