
París había pasado el invierno de 1870 a 1871 cercada por tropas prusianas, entre hambre, frío y bombardeos. La derrota francesa había derribado al emperador y dado paso a una república. El armisticio de enero detuvo la guerra, pero dejó una capital en tensión: miles de ciudadanos seguían armados en la Guardia Nacional, la milicia que la había defendido.
El París republicano desconfiaba de la nueva Asamblea francesa, de mayoría monárquica. Obreros y artesanos llevaban meses con el trabajo interrumpido y volvían a tener que pagar alquileres. En ese clima, el gobierno decidió retirar los cañones de la Guardia Nacional.
Antes del amanecer del 18 de marzo, los soldados subieron a Montmartre y alcanzaron la artillería. Pero los caballos necesarios para llevársela tardaban en llegar. Mientras esperaban, vecinos, muchas mujeres y guardias nacionales se reunieron frente a la tropa. Parte de los soldados se negó a disparar y confraternizó con la multitud. El intento de desarmar París había fracasado.
La rebelión se extendió. Dos generales fueron capturados y fusilados ese día. El jefe del gobierno, Adolphe Thiers, ordenó evacuar la ciudad y se retiró a Versalles. El comité central de la Guardia Nacional ocupó el Ayuntamiento. Quienes habían impedido que se llevaran los cañones tenían ahora que gobernar la capital.
A fines de marzo, unas elecciones dieron paso a un consejo: la Comuna de París. Reunía a republicanos revolucionarios y socialistas de distintas tendencias, entre ellos trabajadores. Coincidían en defender la república y mejorar la vida popular, aunque discrepaban sobre cómo organizar el poder. Mientras la ciudad comenzaba a gobernarse, Versalles preparaba su recuperación por las armas.
La Comuna perdonó varios meses de alquileres, decretó la separación entre la Iglesia y el Estado e impulsó una enseñanza laica. Eran respuestas a necesidades inmediatas y proyectos de cambio, pero había que llevarlos adelante mientras se defendía la ciudad. Desde abril, el ejército de Versalles fue ganando posiciones alrededor de París. Sus tropas eran más numerosas y estaban mejor preparadas que las fuerzas comunales.
El 21 de mayo entraron por el oeste. Los defensores levantaron barricadas y resistieron barrio por barrio, mientras el avance militar los empujaba hacia el este.
Durante la Semana Sangrienta, las tropas gubernamentales fusilaron a prisioneros y sospechosos. Grupos de comuneros ejecutaron rehenes, entre ellos al arzobispo de París, e incendiaron edificios como el Ayuntamiento. El 28 de mayo cayó la última resistencia. Entre los combates y la represión murieron miles de personas; el total sigue siendo discutido.
La derrota acabó con el gobierno comunal y golpeó duramente al movimiento obrero francés. Aquella breve experiencia de poder popular se convertiría en una referencia para revolucionarios de otros países. Para miles de sobrevivientes, el desenlace fue la prisión o el destierro. Muchos fueron deportados a Nueva Caledonia, en el Pacífico: el intento de gobernar su propia ciudad terminó a miles de kilómetros de ella.