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La erupción del Tambora y el año sin verano

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Recreación ilustrada de La erupción del Tambora y el año sin verano

En abril de 1815, el Tambora se alzaba entre pueblos, bosques y campos de cultivo en la isla de Sumbawa, en la actual Indonesia. Llevaba unos tres años dando señales de actividad, pero la vida continuaba en sus cercanías. El 5 de abril, sus explosiones se escucharon hasta en Java, a cientos de kilómetros.

Allí sonaron como cañonazos. Desde la costa enviaron botes a buscar barcos que supuestamente pedían auxilio. La ceniza que empezó a caer al día siguiente reveló de dónde venía el estruendo. Durante varias jornadas, las detonaciones se espaciaron. La erupción más violenta todavía estaba por llegar.

La tarde del 10 de abril, un testigo cercano al volcán describió columnas de fuego sobre la cumbre y una lluvia de piedras. Después cayó tanta ceniza que ocultó la montaña. Nubes ardientes de gases y fragmentos volcánicos bajaron por las laderas, arrasaron poblaciones y alcanzaron el mar. También se levantaron olas que barrieron casas e inundaron arrozales costeros.

La destrucción cambió incluso la forma del Tambora. Al expulsar enormes cantidades de material, la parte superior del volcán se hundió y dejó un hueco de unos seis kilómetros de ancho. La ceniza oscureció lugares muy alejados: dos días después, en zonas del este de Java hubo horas del día tan oscuras como la noche.

Sobrevivir a la erupción no significaba estar a salvo. En Sumbawa, la vegetación había quedado destruida en extensas áreas y faltaban alimentos. Un oficial que recorrió la isla encontró casas derrumbadas y pueblos casi vacíos: sus habitantes se habían dispersado buscando comida. Hubo repartos de arroz, pero el hambre y las enfermedades siguieron matando. Entre la erupción y sus consecuencias murieron decenas de miles de personas en Sumbawa y las islas vecinas. El total exacto sigue siendo incierto.

Mientras tanto, parte de lo expulsado por el volcán había llegado mucho más alto que las nubes de lluvia. Allí, en la estratosfera, el dióxido de azufre se transformó en diminutas gotas que los vientos repartieron alrededor del planeta. Esas partículas reflejaban parte de la luz solar y podían permanecer suspendidas durante años. Los efectos del Tambora iban mucho más allá de los lugares cubiertos de ceniza.

Durante el verano de 1816, en Nueva Inglaterra hubo nevadas y heladas que dañaron los cultivos. En Europa occidental y central, el frío se combinó con lluvias persistentes. Se lo recordaría como el «año sin verano», aunque el enfriamiento no fue igual en todas partes: algunas regiones del este europeo tuvieron temperaturas normales o incluso algo más cálidas de lo habitual.

En las zonas castigadas, la estación que debía llenar las despensas dejó cosechas escasas, alimentos más caros y hambre. El frío retrasaba la maduración; la humedad estropeaba lo que llegaba a crecer. En Francia y Suiza, algunas de las pocas uvas recogidas en noviembre seguían duras y verdes. Ni siquiera llevar la cosecha al almacén aseguraba el alimento: parte de los cereales y las papas se pudría después de la recolección.

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