
A finales de mayo de 1940, cientos de miles de soldados aliados retrocedían hacia Dunkerque, un puerto del norte de Francia. Detrás avanzaba el ejército alemán; delante estaba el canal de la Mancha. Gran Bretaña había enviado sus tropas a combatir junto a Francia contra la Alemania nazi. Ahora necesitaba sacarlas de allí antes de que quedaran prisioneras.
La ofensiva alemana había cortado su retirada hacia el sur. Mientras británicos y franceses avanzaban hacia Bélgica, otras columnas alemanas atravesaron las Ardenas, rompieron el frente francés y llegaron al mar. Una pausa en el avance de los tanques dio a los aliados tiempo para preparar la defensa y replegarse hacia Dunkerque. La salida que les quedaba era por agua.
El 26 de mayo comenzó la operación Dynamo. Desde Dover, al otro lado del canal, la Marina británica coordinó el envío de barcos. Llegar a la costa, sin embargo, no bastaba: los bombardeos habían inutilizado los principales muelles y, en las playas, el agua era demasiado poco profunda para que los grandes buques se acercaran.
Quedaba el espigón oriental, construido para proteger el puerto del oleaje. Como se internaba en aguas profundas, los barcos grandes podían atracar junto a él. Los soldados comenzaron a embarcar desde esa estrecha salida. Por allí terminarían pasando más de dos tercios de los evacuados.
Para recoger a los hombres de las playas se reunieron pesqueros, yates, lanchas y otras pequeñas embarcaciones. Los soldados formaban filas que se prolongaban dentro del agua para subir a los botes. Muchos los llevaban hasta los buques que esperaban mar adentro; algunos cruzaban directamente a Inglaterra. Aquellos pequeños barcos se volverían famosos, pero los destructores y transportes también eran esenciales: llevaban grandes cantidades de hombres en viajes sucesivos.
Mientras unos embarcaban, otros combatían para mantener abierta la salida. Unidades británicas y francesas defendían los alrededores de Dunkerque e impedían que los alemanes alcanzaran los puntos de embarque. Sobre los defensores y los barcos caían bombas, mientras la aviación británica intentaba interceptar los ataques. Tampoco el viaje por mar ofrecía seguridad: había minas y torpedos en las rutas, y numerosas embarcaciones se hundieron. Cada regreso para recoger más soldados obligaba a atravesar de nuevo aquellas aguas. El rescate avanzaba al mismo tiempo que se estrechaba el cerco.
Cuando la operación terminó el 4 de junio, habían sido evacuados unos 338.000 soldados, entre ellos más de cien mil franceses. Decenas de miles quedaron atrás y fueron capturados, incluidos muchos de los defensores franceses que habían protegido el embarque. En las playas y los caminos permanecieron cañones, vehículos y grandes cantidades de equipo abandonado.
Francia firmó el armisticio con Alemania pocas semanas después. Gran Bretaña conservó, gracias a la evacuación, un núcleo de soldados entrenados con el que reconstruir su ejército y continuar la guerra. Churchill advirtió que las guerras no se ganaban con evacuaciones. Los hombres habían conseguido volver; ahora había que armarlos otra vez.