
En 1347, las ciudades del Mediterráneo dependían de barcos que traían alimentos desde muy lejos. Génova y Venecia mantenían rutas comerciales hasta el mar Negro, y las malas cosechas habían vuelto especialmente urgente la llegada de cereales. Esas rutas sostenían la vida de los puertos. También podían llevar una enfermedad de una costa a otra antes de que alguien advirtiera el peligro.
El comercio había sufrido interrupciones por las disputas entre las potencias mercantiles italianas y la Horda de Oro, el poder mongol al norte del mar Negro. Cuando se reanudaron los envíos de grano, la peste ya estaba presente en esa región. Investigaciones históricas vinculan la recuperación del intercambio con su avance hacia el Mediterráneo: junto con las cargas podían viajar roedores y pulgas infectadas.
En octubre, barcos genoveses llegaron con la enfermedad a Messina, en Sicilia. Según un cronista de la época, los enfermos presentaban hinchazones y la mortalidad desbordaba la vida cotidiana. La ciudad fue una de las puertas de entrada de la peste al Mediterráneo occidental, aunque no el primer lugar europeo afectado: la enfermedad ya había alcanzado Constantinopla.
Pronto, la crisis dejó de limitarse a quienes habían llegado por mar. El cronista cuenta que en Messina quedaban cadáveres sin enterrar y que se pagaban salarios elevados a quienes aceptaban retirarlos. Algunos religiosos continuaron asistiendo a los moribundos y también murieron. Otros habitantes huyeron al campo o buscaron refugio en una ciudad cercana. Pero entre los refugiados había enfermos: salir de Messina no garantizaba escapar de la peste, que se extendió por Sicilia.
Mientras tanto, los barcos llevaban la epidemia a otros puertos. Antes de terminar el año había alcanzado Génova y Marsella; en los primeros meses de 1348 golpeó Venecia. Desde las costas avanzó por caminos y ríos hacia el interior. El mar conectaba los primeros focos; las rutas terrestres prolongaban su avance. La enfermedad se convirtió en una catástrofe continental.
Quienes la enfrentaban desconocían su causa. Se hablaba de castigo divino, influencias de los astros o aire corrompido, mientras los tratamientos disponibles no detenían la mortandad. Hoy sabemos que la causaba la bacteria Yersinia pestis. Las pulgas podían transmitirla de roedores a personas; cuando afectaba los pulmones, también podía pasar entre personas mediante gotitas respiratorias. Cuánto pesó cada vía en la expansión medieval sigue en discusión.
A las muertes por la enfermedad se sumaron las persecuciones. En distintas ciudades, falsas acusaciones de envenenar pozos desataron matanzas contra comunidades judías, que también sufrían la epidemia.
En los años siguientes murieron millones de europeos, aunque las estimaciones varían y el impacto fue desigual. Con menos manos para trabajar, parte de los sobrevivientes pudo conseguir mejores condiciones laborales. Las jerarquías no desaparecieron y la peste regresaría en nuevas oleadas. Las sociedades que habían recibido aquellos barcos tuvieron que reorganizar el trabajo y la vida comunitaria alrededor de las ausencias que la epidemia había dejado.
Para seguir investigando
- Hannah Barker, «Laying the Corpses to Rest: Grain, Embargoes, and Yersinia pestis in the Black Sea, 1346–48», Speculum (2021), texto completo alojado por la Universidad de Chicago.
- OpenStax, Universidad Rice: «The Black Death from East to West», en World History, volumen 1.
- Michele da Piazza: relato de la peste en Sicilia, extracto en traducción inglesa alojado por la Universidad de Szeged.