
A comienzos del siglo XX, San Francisco era una ciudad de unos 400.000 habitantes. El comercio marítimo, la industria y las oportunidades abiertas por la fiebre del oro habían impulsado su crecimiento. Su puerto la conectaba con el Pacífico, y una península de terreno difícil se había convertido en una gran metrópolis. La prosperidad convivía con un peligro conocido: la región ya había sufrido terremotos, pero todavía se entendía poco sobre sus fallas y el daño que podían causar.
El 18 de abril de 1906, poco después de las cinco de la mañana, la ciudad comenzó a sacudirse. El movimiento principal duró aproximadamente un minuto y tuvo una magnitud que hoy se estima cercana a 7,9. La falla de San Andrés se rompió a lo largo de cientos de kilómetros. Cayeron paredes y chimeneas, y los daños se extendieron mucho más allá de San Francisco. En la ciudad, los terrenos ganados a la bahía resultaron especialmente vulnerables.
Apenas pasó la sacudida, comenzó otra catástrofe. Las cañerías de gas rotas y otras fuentes de ignición provocaron numerosos incendios. A la vez, la ruptura de las conducciones de agua dejó a los bomberos sin recursos suficientes para combatirlos. El terremoto había dañado tanto los edificios como el sistema que debía protegerlos del fuego. Durante unos tres días, las llamas avanzaron sobre viviendas, comercios y depósitos.
Bomberos, soldados y voluntarios intentaron detenerlas. Para cortarles el paso, demolieron edificios con explosivos, incluso casas todavía intactas. Algunas explosiones, sin embargo, encendieron nuevos focos. El resultado de esas demoliciones sigue siendo discutido: en la lucha contra el fuego también pesaron el viento y la disponibilidad de agua.
Cuando las llamas cedieron, unas quinientas manzanas habían quedado destruidas. Se calcula que murieron alrededor de 3.000 personas, aunque la cifra exacta sigue siendo incierta y supera ampliamente los primeros recuentos oficiales. Más de la mitad de la población perdió su hogar. El desastre se había convertido en una emergencia de alcance nacional.
Los parques y el recinto militar del Presidio se llenaron de campamentos. Llegaron alimentos, carpas y ayuda económica. La vida cotidiana pasó a depender del reparto de suministros y del alojamiento provisional. Hasta cocinar cambió de lugar: por seguridad, los sobrevivientes debían preparar la comida en la calle.
La reconstrucción trajo una disputa por quiénes podrían regresar. La comunidad china ya enfrentaba hostilidad antes del desastre. Ahora, algunos funcionarios pretendían aprovechar la destrucción de Chinatown para trasladar a sus habitantes y disponer de sus valiosos terrenos. La comunidad se organizó para resistir, y su peso comercial también ayudó a frustrar el proyecto. El barrio volvió a levantarse en su ubicación anterior.
Mientras San Francisco reconstruía sus barrios, el estudio del terreno transformaba la sismología. Las huellas del terremoto permitieron a Harry Fielding Reid explicar cómo las rocas acumulan deformación y liberan energía cuando una falla se desliza bruscamente. De aquella ruptura surgió una explicación del mecanismo de los terremotos que se volvió central para comprender el riesgo bajo las ciudades.
Para seguir investigando
- Servicio Geológico de Estados Unidos: el terremoto de 1906 y su importancia científica (en inglés).
- National Archives: el desastre, la ayuda y fotografías de la época (en inglés).
- Chinese Historical Society of America: la destrucción y reconstrucción de Chinatown, con documentos de época (en inglés).