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El motín del té de Boston

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Recreación ilustrada de El motín del té de Boston

Francis Rotch tenía un barco cargado de té y ninguna salida segura del puerto de Boston. Los opositores al impuesto británico impedían desembarcar la mercadería; las autoridades no permitían devolverla a Inglaterra sin cumplir las formalidades aduaneras. Si el plazo legal vencía, podían confiscarle el buque y la carga. El 16 de diciembre de 1773, Rotch volvió a presentarse ante una asamblea multitudinaria que le exigía conseguir un permiso para zarpar.

El conflicto había empezado con un té que podía venderse más barato. La Compañía de las Indias Orientales atravesaba dificultades financieras y acumulaba existencias sin vender. Para ayudarla, el Parlamento británico aprobó en mayo la Ley del Té. La compañía pudo exportarlo directamente a las colonias mediante agentes elegidos y pagar menos impuestos en Gran Bretaña. Así podía competir incluso con el té de contrabando. Pero seguía vigente el impuesto que se cobraba en América.

Para los opositores, comprarlo significaba aceptar que el Parlamento podía imponerles tributos sin representación colonial. También estaban en juego los negocios de comerciantes desplazados por los agentes de la compañía. Además, dirigentes como Samuel Adams cuestionaban que la recaudación pagara a funcionarios reales: al independizarlos económicamente de las asambleas coloniales, se debilitaba el control local. El precio de una taza arrastraba una disputa sobre quién podía gobernar.

Cuando el Dartmouth llegó el 28 de noviembre, los adversarios del desembarco se organizaron. La reunión del día siguiente atrajo tanta gente que debió trasladarse desde Faneuil Hall a Old South Meeting House, un templo más amplio. Allí participaban también artesanos y trabajadores que habitualmente no podían votar en las reuniones municipales por no reunir los requisitos de propiedad. La asamblea resolvió que el té debía volver a Inglaterra sin pagar el impuesto y una guardia quedó vigilando el barco para impedir que descargaran a escondidas.

Rotch debía conseguir que las autoridades aceptaran esa salida. Mientras tanto, otros dos barcos con té, el Eleanor y el Beaver, terminaron junto al Dartmouth en el muelle de Griffin. La ley concedía veinte días para descargar, y el gobernador real de Massachusetts, Thomas Hutchinson, había dispuesto que el Dartmouth no zarpara sin autorización. Los buques de guerra y el fuerte que controlaban el puerto hacían arriesgada una partida clandestina.

El 16 de diciembre, con el vencimiento encima y la autorización aduanera denegada, la asamblea envió a Rotch a Milton, donde estaba la residencia del gobernador. Hutchinson rechazó la solicitud: no concedería el permiso mientras el barco no estuviera debidamente despachado por la aduana. Invocaba las leyes que había jurado cumplir. Rotch regresó después de oscurecer. En Old South, la reunión seguía aguardando su respuesta.

La negativa cerró la vía que la asamblea había intentado sostener. Mientras Adams y otros dirigentes permanecían en el templo, hombres con disfraces y rostros ennegrecidos con hollín se dirigieron al muelle. Algunos imitaban la apariencia de indígenas. Se dividieron entre las tres embarcaciones, izaron los cajones desde las bodegas, los abrieron con hachas y arrojaron las hojas al agua. Había espectadores en la costa. Destruyeron 342 cajones de té para impedir su desembarco y el cobro del impuesto. Procuraron limitar los daños a esa carga; el candado que rompieron para acceder a una bodega fue reemplazado después.

Las identidades de los participantes se mantuvieron ocultas durante años y no conocemos con certeza cuántos fueron. La preparación y la coordinación del operativo tampoco permiten afirmar que una frase de Adams haya sido la señal convenida para actuar.

La destrucción no recibió una aprobación unánime. John Rowe, copropietario del Eleanor, dejó en su diario que lamentaba lo ocurrido. En Marshfield, una asamblea local la condenó por ilegal e injusta. La defensa de los derechos coloniales no borraba las diferencias sobre los medios para reclamarlos.

Londres respondió en 1774 con leyes coercitivas. El 1 de junio comenzó el cierre comercial del puerto, que debía continuar hasta la reparación del daño. El castigo alcanzó a quienes dependían de su actividad para vivir. Sin trabajo ni ingresos suficientes, habitantes de Boston y Charlestown necesitaron ayuda. La resistencia y el auxilio cruzaron las fronteras de Massachusetts; representantes de doce colonias se reunieron en el Primer Congreso Continental.

Los registros de donaciones muestran cómo se sostuvo a los afectados: llegaron centeno, pescado, carne, queso y leña. Medfield aportó, entre otros bienes, veintidós carretadas de leña. El conflicto que había inmovilizado un cargamento terminó comprometiendo la comida y el combustible de muchas casas. Para abastecerlas, se extendió una solidaridad entre colonias que el castigo británico había ayudado a fortalecer.

Para seguir investigando