
Antes de que las papas empezaran a pudrirse, la supervivencia de muchas familias irlandesas ya dependía de un equilibrio precario. Irlanda formaba parte del Reino Unido y las decisiones del gobierno se tomaban en Londres. En el campo convivían grandes explotaciones, pequeños arrendatarios y trabajadores sin tierra. Para quienes cultivaban parcelas diminutas, las papas eran el alimento cotidiano; los cereales y el ganado podían destinarse a conseguir dinero para pagar el alquiler. Según la oficina estadística irlandesa, en 1841 alrededor del 45 % de las explotaciones tenía menos de cinco acres, unas dos hectáreas. Perder la cosecha significaba quedarse sin la base de la alimentación, en una sociedad donde disponer de tierra para trabajar no equivalía a ser su dueño. Esa vulnerabilidad estaba instalada antes de la enfermedad.
En 1845, el tizón atacó las plantaciones. El organismo que hoy conocemos como Phytophthora infestans destruía el cultivo del que dependía buena parte de la población pobre. Había habido malas cosechas antes, pero esta vez la pérdida se repitió durante varios años y alcanzó todo el país. El primer ministro británico, Robert Peel, compró maíz estadounidense para venderlo a bajo precio y organizó medidas de asistencia. También impulsó la derogación de los aranceles sobre los cereales, aprobada en 1846, sin que eso alcanzara para detener el desastre.
Ese año, otra pérdida devastadora de papas encontró a las familias con menos reservas. Peel dejó el gobierno y lo reemplazó John Russell. La ayuda pasó a depender en gran medida de obras públicas: se ofrecía trabajo para que los necesitados pudieran comprar alimentos. Pero el sistema resultaba insuficiente ante una población debilitada. Charles Trevelyan, funcionario central en la administración del socorro, restringió la intervención estatal siguiendo principios de libre mercado. Mientras el hambre avanzaba, Irlanda continuaba exportando alimentos, sobre todo a Gran Bretaña. Para los pobres, la existencia de productos comerciables no garantizaba poder pagarlos.
En 1847, los comedores de sopa se volvieron una pieza decisiva del auxilio. Los cuáqueros ya habían organizado iniciativas propias. Un informe de su comité de socorro describe el establecimiento de Charles Street, en Dublín: abrió en enero, tenía recipientes donde la sopa se cocinaba con vapor y hombres y mujeres se turnaban para supervisar el reparto. Una porción de aproximadamente un litro se vendía por un penique; con pan, costaba medio penique más. Detrás de esas cuentas mínimas había una organización cotidiana para convertir donaciones en comida. El gobierno extendió luego la distribución de alimentos preparados, considerada una de sus intervenciones más eficaces, pero cerró ese programa temporal durante el mismo año.
La crisis continuó hasta 1852, entre enfermedades, desalojos y partidas hacia otros países. Se estima que alrededor de un millón de personas murieron por hambre o enfermedad. La magnitud de la responsabilidad británica sigue siendo discutida por los historiadores, aunque las limitaciones del socorro están ampliamente documentadas. Para 1851, las explotaciones menores de cinco acres representaban apenas el 15 % del total: el mundo de las pequeñas parcelas había retrocedido brutalmente. La emigración prolongó la pérdida de población y la catástrofe alimentó el nacionalismo irlandés. La recuperación de las cosechas encontró un país transformado por las familias muertas, expulsadas o dispersas al otro lado del mar.
Para seguir investigando
- Parlamento británico: la gran hambruna, las políticas de socorro y sus consecuencias.
- Biblioteca de la Universidad de Wisconsin: informe del comité cuáquero de socorro, apéndice X sobre el comedor de Dublín.
- Cambridge University Press: «Allocation», estudio sobre la distribución de ayuda humanitaria.